lunes, 2 de octubre de 2023

LA MAGIA DEL DEJAR IR

 Es el aprendizaje más grande, más intenso y más difícil de la vida: el soltar, el dejar ir, el no aferrarte a las personas ni a las cosas, el no aferrarte a nada ni a nadie, ni a los pensamientos, ni a las creencias, ni a lo que crees saber. Dejar ir, dejar ser, es el verdadero aprendizaje y lo que más cuesta

¡Pero vivimos con tantos miedos! El miedo forma parte de nuestras vidas y de nuestro inconsciente, el miedo es el que muchas veces, sin darnos cuenta, decide nuestros actos, nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestros sueños; habla por nuestra boca, por nuestros actos, por nuestros pensamientos; hemos crecido con él, nos han educado con él y es el mejor recurso que tiene esta sociedad globalizada para conseguir que compremos todo aquello que, presuntamente, nos tiene que ayudar a dejar de sentir miedo: seguros médicos, alarmas, casas  protegidas, barrios con vigilancia, niños vigilados  y contenidos que ya no juegan con otros niños fuera de la escuela y mucho menos salen a la calle;  una sociedad que invade la privacidad de nuestros pasos, de nuestras compras, de nuestra salud, de nuestras relaciones para ofrecernos después la posibilidad de recuperarlas adquiriendo más seguros, más alarmas, … una sociedad que pretende  protegernos de todo a costa de hacernos antes tener miedo a todo.

¿Y cómo vamos a aprender a soltar  mientras tengamos tanto miedo de vivir y de morir?

Pensamos que tenemos miedo de morir, pero  en realidad esto se traduce en miedo a vivir. Miedo a que nos pase alguna desgracia, miedo a perder el trabajo,  miedo a no saber si saldrá bien esta idea que tengo, miedo a los desconocidos y a lo desconocido, miedo a que nos asalten,  a que nos violen, a que nos engañen, miedo a ser rechazados o criticados, miedo por lo que vemos cada día en las noticias, miedo a que les pueda pasar algo malo a nuestros seres queridos, miedo a los que llegan de fuera para buscar una vida más digna y que nos van a perjudicar,  miedo finalmente a la muerte … Miedo a todo, miedo a vivir.


Entonces, cuando empezamos a tener consciencia  del miedo adquirido, nos distraen y aturden con todo el espectro virtual en el que estamos inmersos y que tan fácilmente capta nuestra atención, nuestra adicción, nuestro tiempo y el de nuestros hijos…  las redes sociales y todas las aplicaciones habidas y por haber. Son, verdaderamente, redes donde nuestra consciencia como humanidad queda atrapada: El “ser” deja paso al “parecer”, no importa quién  ni cómo soy realmente sino lo que quiero aparentar, la imagen virtual que quiero proyectar a los demás, lo que los demás crean de mi, el número de likes que me dedican… Esto es lo que la sociedad intenta enseñar a nuestros hijos y nos convierte en sus cómplices: aparentar y sentirnos exitosos con esta apariencia.

adie puede vivir nuestra vida, ni nosotros podemos vivir la vida de otros. Podemos pasar la vida mirando hacia fuera, admirando o siguiendo a otras personas, maravillándonos de las cosas que hacen y que seguramente podríamos hacer nosotros, pero habremos perdido la oportunidad de conocernos a nosotros mismos y de vivir nuestra propia vida a nuestra manera. Y entonces, cuando llegan las experiencias duras no estamos preparados para vivirlas.

Debemos ser conscientes del mundo en que estamos, debemos reaprender y mostrar a nuestros hijos que la vida da para  mucho más que  para vivirla en una pantalla, que la vida es una oportunidad única para conocer y desarrollar nuestras habilidades personales, nuestros dones, nuestro talento, para mejorar el mundo en el que vivimos, para abrazar a los demás,  para sentir  el aire, la lluvia, el sol, la tierra en nuestro cuerpo, para empaparnos de todas las emociones y sensaciones que podamos vivir desde nuestros sentidos físicos y nuestro corazón, para desarrollar la mente, imaginar y crear nuevas posibilidades,  y aprender a amar y amarnos. Pasar de sentirnos víctimas a ser creadores de vida.

Y para vivir sin miedo debemos aprender a soltar, debemos aprender a caminar más ligeros: Aprender a soltar los pesos que llevamos sin darnos cuenta; soltar nuestras expectativas sobre cómo deberían ser las cosas; soltar la resistencia a no querer aceptar lo que ya es; soltar el control y la autoexigencia que ésta conlleva, con el consiguiente sufrimiento que genera el no poder con todo; soltar la cantidad de juicios que llevamos encima contra nosotros mismos y los demás y empezar a agradecer por lo que tenemos en este instante, por lo que amamos, por lo que en realidad es importante; soltar nuestras ganas de tener la razón como sea y de opinar de todo como si de ello dependiera nuestra autoestima; soltar las expectativas sobre los hijos y aprender de ellos, para que puedan ser ellos los que nos enseñen cómo son, qué necesitan, y cuáles son sus sueños; soltar pensamientos caducos, cerrados y atrevernos a abrir la mente a nuevas miradas y a enfocarnos más hacia el amor, la compasión, el disfrute de la vida, la bondad y la belleza del mundo y de nosotros mismos.

En definitiva, se trata de sentir, confiar, agradecer, escucharnos, respetarnos, amarnos y jugar con la vida, empaparnos de ella, saborearla, enriquecerla, dejar que todo llegue, nos traspase y nos enseñe y continuar confiando y amando, porque la muerte llegará cuando sea el momento de cada uno, nunca antes, y solamente la podremos mirar sin  temor si hemos vivido la vida libremente, ampliamente, curiosamente, con amor, porque en este trayecto habremos comprendido que lo  verdaderamente real  nunca muere.

Dolors Beltran Boixadera

 

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