Me
gustan mis mañanas. Voy aprendiendo a no tener prisa, a no pensar que tendría
que hacer esto y lo otro… Voy aprendiendo a no sentirme mal por pensar que quizá tendría que aprovecharlo
más para hacer…
Es
mi tiempo de no tener tiempo, de no tener obligaciones, de no tener
responsabilidades hacia nadie que no sea conmigo misma.
Tiempo
para estar en paz, en silencio.
Tiempo
para parar y sentarme, para no hacer nada
más que mirar y observar con los ojos abiertos y cerrados.
Tiempo
para leer juntos los libros que tanto nos gustan y algunos de nuevos.
Tiempo
para acabar de escribir el libro tal
como lo siento y lo imagino, aunque seguramente podría dedicarle más
tiempo, o ser más efectiva… ¿Efectiva? ¿Para quién?
Tiempo
de escucharme, de sentirme, de reconocer el dolor, o el deseo, o la
resistencia, o la tristeza, o el miedo que existen en alguna parte de mí.
Tiempo
de mirar mi vacío sin mi hijito aquí.
Tiempo
de mirar mi camino sin las señales que antes me llenaban tanto y que ahora no
veo tanto, porque quiero ir más allá de todo lo que me aferra, porque quiero
poder andar sin ninguna muleta que no
sea la confianza y el amor que nos une, Ernest. Este amor que nos hace avanzar
juntos, aunque haya una parte dentro de mí que se encoge a veces y siente miedo
de marchar sin ningún punto de apoyo, e imaginar la posibilidad de perderte en este
camino, de perderte a ti, hijo mío, tu frescor, tu alegría, tu amor radiante
que me acoge, me guía y me ama.
Tiempo
para reconocer mis miedos, mis intolerancias, mis carencias.
Tiempo
para reconocer mi fuerza, mi amor, mi alegría.
Tiempo
para sacarme de la cabeza demasiados pensamientos, demasiados discursos ya sabidos y que ya no me hace falta
escucharlos tanto.
Tiempo
para amarme con todas mis expresiones y
facetas, para reconocerme a todas. Aceptar sobretodo el miedo que siento al
dolor, a la tristeza, a la añoranza… y que es preciso que los sienta para poder
vivirlos y aprender a abrazarlos. Aún
ahora me cuesta aceptar y abrazar esta parte de mí que sólo lloraría de
añoranza, precioso mío, que sólo lloraría por el deseo que estuvieras aquí, y
poderte abrazar, y poderte ver y tocar, y jugar, y reír, y pedirte perdón por
todas las veces que no he sabido hacerlo mejor.
Tiempo
para recordar, para ver como tantas cosas que habíamos hecho, o habías hecho,
hoy toman protagonismo para hacerme saber que todo está bien, que nada ha sido
en vano, que todo continúa siendo creación y vida. Y amor, que crece más allá de
todo lo imaginable.
Tiempo
para darme cuenta de que todo va más allá de mi mirada, de mis pensamientos, de
mis sentimientos, de mis creencias… todo va más allá. Ernest y la vida van más
allá, y por esto yo también quiero ir más allá, cruzar los miedos que me
limitan y continuar caminando por este camino que hacemos juntos y que haremos
eternamente.
Tiempo
para ayudar a aquellos que me pueden necesitar.
Tiempo
para ordenar de nuevo la casa que aún no hago.
Tiempo
de dejar ir tantas cosas que aún me ligan al pasado y que ya debo dejar ir con
agradecimiento, porque todo lo que me hace falta, todo lo que nunca muere, ya
está conmigo.
Tiempo
para aprender tantas cosas que me hace falta aprender para llegar a ser yo.
Ernest,
guapo, tu mamá pensaba que era más valiente, o que tenía más fuerza… O es
que, sencillamente, no había experimentado como cuesta vivir tu ausencia física
a pesar de tanta ayuda como recibimos, la tuya y la de todos los seres de luz
que también nos guían. Por esto, a veces también me siento mal porque, con
tanta ayuda, con tanto amor como recibimos, ¿Cómo es que aún no vuelo por los
aires? ¿Cómo es que no me deshago de felicidad, de agradecimiento, y de
alegría?
“¡Mamá,
si ya lo haces! ¡No te imaginas qué alma tan feliz tienes! Hay una parte de ti que vibra de
felicidad conmigo, que canta, que baila, que vuela, que es feliz, inmensamente
feliz a mi lado. Tú ya la sientes a veces, mamá. Cree en ella, es una parte
real. Ve sintiéndola cada vez más. Si no lo haces aún es por tu miedo a
perderme, a no sentirme, a no tener suficiente fuerza… Miedo, es miedo, mamá.
Bendito miedo que te hace dar cuenta de todo aquello que te impide ser feliz.
No es tu enemigo. El miedo es también un Maestro, como la añoranza, como el
dolor. No te preocupes tanto de sentirlos y de sublimarlos. Te están afinando,
te están haciendo más y más bonita, como la piedra preciosa que es preciso
limpiar para que deje ir toda impureza.
Mamá,
siénteme. Recuerda mi alegría, mis ganas de jugar, de crear, de transformar…
Todo esto aún continúa, y tu conmigo. No hagas caso del grado de tus emociones y
sentimientos. Vívelos, sencillamente. Deja que te llenen, que te abracen, que
te enseñen y que pasen… Son también agua fresca que te dejará más ligera, más
limpia, más feliz. No te resistas a lo que te llega. El dolor llega porque te
resistes a lo que viene, a lo que es.
Haz
como la Naturaleza, como estos animales-compañeros de camino, que tanto amas:
Vive, no intentes sentir ni ser lo que no eres ni sientes. Ámate. Ama tu vida,
tu gente, tu paso, tus acciones, tus pensamientos, tus canciones… Todo viene,
te enseña y pasa. Y tú siempre quedas, siempre continúas, más rica, más ligera,
más plena, más alma, más feliz.
Mamá,
como ya empiezas a hacer: di en voz alta, para ti misma, que eres feliz. Conecta con esta parte de ti que
ya existe. Hazla consciente… Sí, mamá, ya lo eres, ¿me escuchas?, ya lo eres. Y
yo contigo y tú conmigo. Y los dos con papá. Y los tres con todos y con
Todo.
Mamá,
te beso, te hago cosquillas, bromeo contigo. Te amo inmensamente y para siempre,
para toda la eternidad que no tiene principio ni fin.
Tu
hijo que echas tanto en falta, pero que siempre está contigo.”
Ernest, el Mago, el Mágico, ¡el Hechicero
más grande de la Historia!
Y
mi hijo amado para siempre.

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