En abril del año 2012, Ernest escribó esta historia para participar en los Juegos Florales que el Instituto de Tona organizaba cada año. Cinco meses después, cuando Ernest ya había regresado a la luz. la volvimos a leer. Su manera de escribir, su sensibilidad para meterse en la piel de sus personajes y describir las sensaciones que vivían como si fueran suyas, nos volvió a llenar de su personalidad tan noble y amorosa, pero fué especialment la última frase la que nos llegó al corazón.
HISTORIA DE UN PINGÜINO
Era una mezcla de sensaciones. No veía nada, sólo unos puntitos de colores que parpadeaban, y sentía frío. Estaba totalmente desorientado y no entendía nada de lo que pasaba. Chillé, y a mi lado escuché otros chillidos. Un momento después, una cosa más calida me acarició y empezé a tranquilizarme. Un momento después, dos patas con plumas me cubrieron, me refugié en ellas y me dormí lentamente.
Los días pasaban y ya veía bién, tenía mi pequeño cuerpo cubierto con unas plumitas grises. Mi hogar era completamente blanco y extenso y habían muchos más pingüinos que se movían y comían por todas partes. Hacía frío, pero me fuí acostumbrando enseguida. Tenía dos amigos: un pingüino alto y fuerte y una pequeña pingüino divertida y muy amable. Con ellos pasaba la mayor parte del día, siempre vigilados por una pareja de adultos que impedían que nos alejáramos de la colonia. A menudo, mirábamos como los mayores pescaban. Era impresionante. Nadaban a toda velocidad por el mar helado y, de repente, se hundían y volvían a salir con el pez en la boca. Yo siempre soñaba que un día sería el mejor pescador de la colonia.
Un día que jugaba con mis amigos, nos alejamos sin darnos cuenta y nos atacaron unos pájaros con unas garras afiladas. Pero los adultos de la colonia los hicieron marchar, persiguiéndolos y haciéndolos huir.
Pasaron los años y, finalmente, llegó la hora de nadar. A mi, a mis amigos y a algunos otros pingüinos más, nos condujeron hasta el agua. Nos lanzamos en ella y empezamos a nadar. Era maravilloso. Parecía como si volara dentro del agua, me deslizaba en ella como si patinara en el hielo. Seguí una corriente de agua y me encontré con un banco de peces. Miré hacia atrás y vi a mi padre que me seguía, le hice una señal indicándole los peces. Él hizo un gesto afirmativo y pasó a toda velocidad por mi lado. Lo seguí. Los peces, al vernos, se fueron, pero no eran lo bastante rápidos y los capturamos al instante. Me dí cuenta de que no estábamos solos. Los otros pingüinos también habían venido y perseguían aquellos peces que intentaban huir. Aquel día pesqué once peces, cosa no muy corriente, y empecé a hacerme un nombre. Cada día entrenaba con mis dos amigos y cada vez aprendía más. Hacía unas piruetas increibles y cazaba peces con la misma facilidad que si me tocara las plumas.
Pero un día pasó una cosa terrible. Estábamos pescando como siempre y no escuchamos el grito de alarma de los de fuera. Lo que sí sentimos era una cosa enorme que se nos acercaba. Era una orca. Una orca inmensa blanca y negra que se nos acercaba con la boca abierta. Huimos rapidamente, pero la orca era demasiado rápida. Cuando estaba a punto de tragarnos, mi padre pasó rápidamente por mi lado en dirección contraria. Empezó a nadar alrededor de la orca, mareándola, y me hizo un gesto para que marchara. Lo hice. Salí del agua y me giré para ver salir a mi padre, pero no salió. No lo volví a ver nunca más. Parecía que ya no estuviera entero. Mi padre se había sacrificado para salvarme la vida y ya no lo volvería a ver. Todo era culpa mía. Si no hubiera sido tan insensato de no escuchar la señal, mi padre aún estaría conmigo.
Pero, años más tarde, comprendí que no se podía cambiar el pasado y, aunque no se ha de olvidar, és el presente lo que cuenta y tienes que vivirlo con toda intensidad.
Fulla de Pi
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