Caminaba esta mañana y he sentido que una minúscula
piedrecita había entrado en mi zapato. No me dolía demasiado, justo para
molestarme cada vez que ponía el pie en
el suelo pero, así y todo, me daba pereza detenerme para sacármela, confiaba que quizás podría moverla de alguna
manera para que se volviera prácticamente imperceptible… sencillamente solo era
un poco molesta.
He
continuado caminando y de repente he oído la voz divertida de Ernest: “Por qué
no te sacas el zapato y expulsas la piedra?
Me
ha hecho reír… ¡Es tan evidente! ¡Qué tontería querer aguantar la piedra
sabiendo que continuaré mucho mejor y
más tranquilo sin ella! ¡Y tan fácil como es!...
Pero
¿Cuántas veces seguimos caminando con la pequeña molestia en el pie con la
ilusión de que desaparecerá o que dejará de hacernos daño en algún momento?
Esto me ha hecho pensar en la cantidad de piedrecitas que aguantamos en nuestra vida por esta absurda pereza de detenernos o por otras razones. De hecho, muchas veces no nos permitimos parar por “pequeñeces” porque lo que tenemos que hacer es demasiado importante y demasiado urgente para poder perder el tiempo haciendo caso a cosas tan pequeñas, y continuamos la rutina de cada día con la piedrita que continua molestándonos el pie, o el corazón, o la mente, o el alma.
Y la supuesta piedrita se va haciendo notar,
cada día. A veces se sitúa en algún lugar o de alguna manera que nos hace creer
que ya se ha ido, o que sencillamente hay piedras mucho más grandes que nos
hacen correr deprisa y aprendemos a ignorar la pequeña, o nos acostumbramos a
sentirla y a llevarla, a cargarla, a padecerla, como si fuera ya una parte
nuestra.
¿Ejemplos
de piedritas?
-
Aquella mirada de
nuestros hijos e hijas cuando en la mañana los levantamos y los hacemos ir
deprisa, sin tener casi ni un momento para escucharlos, porque la gran piedra
de la urgencia nos lo impide.
-
Aquel peso que
llevamos dentro porque hemos discutido por una nimiedad con alguien y nos ha dejado alterados y tristes a
la vez.
-
Aquella despedida
cotidiana de la mañana que casi no ha existido hoy porque nos ha ganado el
despecho de hacer saber que aún estamos enfadadas, a pesar que nuestro corazón
esté llorando por dentro.
-
Aquella rabia que
sentimos cuando las personas más cercanas no hacen aquello que dábamos por
sentado que harían, porque ya lo sabían.
-
Aquella costumbre
de mi pareja de vida o de trabajo que me irrita o directamente no me gusta,
pero hago ver que no pasa nada y la ignoro, o intento acostumbrarme a ella sin
decir nada.
-
Esta capacidad de
aguante que tenemos para tragarnos lo que de una manera u otra nos hace daño y
nos resistimos a mirar y a poner remedio, hasta que un día explota y lo salpica
todo y aún nos sentimos peor porque arrasamos incluso lo que no hacia falta.
Podríamos poner muchos ejemplos de piedrecitas, cada
persona las suyas, referidas a las relaciones con los demás, con nosotras
mismas, con el trabajo, con nuestros deseos y sueños, con el mundo que vivimos,
con las expectativas previas que nos hacemos de las cosas, con nuestra manera
de ver la vida…
No se trata de cuántas piedritas o piedrotas llevamos a
cuestas, pero son las pequeñas, las que llevamos en el zapato y nos da pereza
sacárnoslas al momento, en las que tendríamos que poner nuestra atención,
porque si no observamos o no nos proponemos desprendernos de éstas, las más
fáciles, nos costará mucho ver y sacarnos de encima las otras.
Fijarnos en las cosas pequeñas nos da paz, porque nos hacen parar y nos apartan un poco de la prisa del día a día cotidiano, de tener que pensar y calcular para poder hacer todo lo que tenemos delante y que a veces nos colapsa antes aún de empezar a actuar.
Pararnos a contemplar una salida o una puesta de sol, los
colores cambiantes del cielo, la forma caprichosa de las nubes, un nido de
hormigas, explicar un cuento, cantar una
canción, cerrar los ojos un instante y respirar hondo, escuchar el trino de los
pájaros silvestres, la voz de los niños o de las personas que te explican
alguna cosa importante para ellas… todo son oportunidades de detener unos
instantes nuestra vida inconsciente y dejar la inquietud, la prisa y la
imposibilidad de escucharnos y amarnos.
Hemos de estar alertas para sacarnos la piedrita que
llevamos en el zapato en el momento que la notamos, porque no tenemos ninguna
necesidad ni nos merecemos sentir incomodidad al caminar. Debemos estar alerta
para sentir cuales son las piedras que nos hacen estar mal física,
emocionalmente, mentalmente y no dejemos que nos hieran por dentro y por fuera
por no habernos detenido en su momento a sentirla, a mirarla y a encontrar la
manera de expulsarla o de curarla.
Las cosas pequeñas son las más importantes, como dice
el “El Principito” y nos suelen pasar
desapercibidas, pero son las pequeñas piedrecitas que se traban en las ruedas las que pueden hacer
descarrilar un tren y, también, llenarnos de júbilo. Todos las tenemos en
nuestro día día, pero es preciso que nos
detengamos un poco para poder verlas, respirarlas y aprender de ellas.
Parar a tiempo, respirar a tiempo, perdonar a tiempo,
hablar a tiempo, escuchar a tiempo, sonreír a tiempo, reír a tiempo, amarnos a
tiempo, plantarnos a tiempo,.. Hacer caso de las pequeñas cosas a tiempo.
Dolors Beltran i Boixadera
mamaestoyaqui.com

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