martes, 21 de enero de 2025

LA MAGIA DE LAS SEÑALES

Todas las personas que hemos vivido la experiencia de tener que despedir un ser amado, hemos vivido o hemos oído hablar de las señales que estos seres amados nos envían para hacernos saber que están bien y que están con nosotros. Hay personas que reciben y sienten estas señales muy pronto, otras tardan más y hay personas que quizás no las han podido percibir nunca, o solo después de muchos años.

Tienen todas una característica común: solamente  las reciben las personas a las que van  dirigidas, que suelen ser las más próximas: madres, padres,  hermanos, familiares muy cercanos y a veces, incluso, amigos muy amigos de la persona que ha transcendido. Los demás no pueden percibirlas, porque no es  su experiencia, y no pueden comprender porque aquello, aparentemente sin ninguna transcendencia y que para ellos ha pasado desapercibido, a nosotros nos pone la piel de gallina, el corazón se detiene por un instante y el corazón se llena de gozo y de agradecimiento infinito. Lo sabemos, lo sentimos, es una certeza del alma.

No penséis que tiene nada que ver con fuegos artificiales o maravilla de las maravillas, no, a veces pueden ser espectaculares, es cierto, pero la mayoría de veces el señal llega  desde una situación o escenario totalmente cotidiano, en un detalle, en un aroma, en un objeto inesperado, en un animal, en la naturaleza, en una frase que pueden sentir todos de manera indiferente pero que a ti te traspasa el corazón…puede venir en los sueños, en una melodía que te llega de repente y te llena de la persona que no está ya presente físicamente  y que, en cambio, se muestra una y otra vez en ti y para ti.

Las señales de nuestros seres queridos que viven en otro plano de la existencia son un regalo porque nos hacen saber que continúan existiendo y que su amor por nosotros sigue y no se acabará nunca, unas señales que nos hacen sonreír, que nos  llenan de esperanza, que nos abrigan el alma y que nos ayudan a caminar en este camino nuevo que su partida nos ha dejado.

Ayer revisando una libreta de hace algunos años, encontré escrita una de estas señales de las que hablo que me hizo muy feliz Me encontraba en una casa rural cerca de Arbucies donde había ido sola durante tres días para poder acabar el libro.  Os la reproduzco tal como la escribí:

“Esta tarde he ido a caminar y he decidido ir por un camino sin señalizar que he visto antes desde la Casa rural y que pasa por una casa grande que me ha parecido  bonita. Cuando he ido llegando he visto que la casa estaba debajo de una arboleda y me ha acercado un poco para verla. Justo sacar la cabeza y mirarla he oído ladridos de perros y al acto he visto venir corriendo hacia mi dos perros enormes, mastines del pirineo blancos. No se veían agresivos y a mí me encantan los perros, pero me han impresionado por su gran tamaño, la potencia que tenían y el hecho de que no me conocían de nada, y de repente, del patio de la  casa han empezado a salir mastines por todas partes y todos  venían ladrando hacia mí. He saludado con la mano a los dos primeros procurando que me vieran tranquila, movían su cola  contentos, pero todos los demás han llegado al mismo tiempo y todos querían acercarse para olerme y a punto han estado de tirarme al suelo con  su efusividad y ganas de estar a mi lado. No lo acababa  de entender: ¿Qué  hacían tantos perros enormes con aquella alegría? ¿Y cómo es que no salía nadie de la casa para ver qué pasaba?

He comenzado a regresar al camino y todos han venido conmigo la mar de contentos. Cuando he llegado arriba he continuado mi camino y les he dicho adiós. Todos han venido conmigo hasta que, poco a poco, han ido regresando a su casa… Todos menos uno, muy grande, muy blanco, muy tranquilo y pausado que iba viniendo sin prisa detrás de mí, a una cierta distancia. He pensado que de un momento a otro me dejaría, pero no, ha ido continuando. Me he desviado del camino y él seguía tras de mí. Si yo me detenía, él se detenía, no se  acercaba tampoco a mi lado. Cuando yo avanzaba, el  continuaba ceremonioso detrás… Al final le he dicho:  Muchacho, confío que seas tú quien me guie, porque yo no sé hacia donde voy.”

Ha pasado delante de mí y yo le he ido siguiendo tranquilamente, deteniéndome cuando él se detenía y acompañándolo cuando volvía a avanzar. Y así hemos ido  caminando durante un buen rato, para entonces ya caminábamos el uno al lado del otro, juntos, mi mano sobre su cuello,  sin estresarnos para nada.

-“No es mágico, mama?” –he escuchado de repente que me decía Ernest.

-Mucho, cariño, es una pasada.

-“Mama, este perro te guía como te guio yo. Fíjate, él va delante y tu detrás, siguiéndolo. No sabes hacia donde te lleva, pero confías en él y lo sigues,  como haces conmigo, que no me ves pero confías en lo que sientes y me sigues. Sientes que te lleva por un camino seguro y te relajas. A veces está a tu costado, a veces va delante, a veces va detrás, a veces va por caminos que tú no quieres pasar aún, pero continuas confiando. Este guía blanco, enorme, paciente, seguro, potente, sereno, afectuoso soy yo, y esto es lo que hacemos, mama.”

Me sentía tan bien,  tan feliz de sentir a Ernest tan claramente y vivir la magia de todo lo que estaba pasando y, sí, al final hemos ido  a parar de nuevo a la casa pero por la parte opuesta, y todos los demás  perros han vuelto corriendo de nuevo a mí buscando mi contacto. Él ha seguido imperturbable hacia dentro la casa y yo he vuelto al camino inicial acompañada de todos los demás, y una vez arriba ya no me  han seguido más.

-“Gracias” –les he dicho de corazón a mis dos guias.

Iba sin móvil, sin reloj, sin llaves, sin nada encima, solamente yo y mi vivencia, confiando en mi, y cuando te abres a la vida con otra mirada, abierta, sin miedo, puedes llegar a sentir que todo te habla y te enseña. Las señales son esto: confiar en todo lo que te llega, que sientes y vives sin ponerle la mente.

Dolors Beltran Boixadera

mamaestoyaqui.com


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