LA MAGIA DE LAS SEÑALES
Todas
las personas que hemos vivido la experiencia de tener que despedir un ser
amado, hemos vivido o hemos oído hablar de las señales que estos seres amados
nos envían para hacernos saber que están bien y que están con nosotros. Hay
personas que reciben y sienten estas señales muy pronto, otras tardan más y hay
personas que quizás no las han podido percibir nunca, o solo después de muchos
años.
Tienen
todas una característica común: solamente
las reciben las personas a las que van
dirigidas, que suelen ser las más próximas: madres, padres, hermanos, familiares muy cercanos y a veces,
incluso, amigos muy amigos de la persona que ha transcendido. Los demás no
pueden percibirlas, porque no es su
experiencia, y no pueden comprender porque aquello, aparentemente sin ninguna
transcendencia y que para ellos ha pasado desapercibido, a nosotros nos pone la
piel de gallina, el corazón se detiene por un instante y el corazón se llena de
gozo y de agradecimiento infinito. Lo sabemos, lo sentimos, es una certeza del
alma.
No
penséis que tiene nada que ver con fuegos artificiales o maravilla de las
maravillas, no, a veces pueden ser espectaculares, es cierto, pero la mayoría de
veces el señal llega desde una situación
o escenario totalmente cotidiano, en un detalle, en un aroma, en un objeto
inesperado, en un animal, en la naturaleza, en una frase que pueden sentir
todos de manera indiferente pero que a ti te traspasa el corazón…puede venir en
los sueños, en una melodía que te llega de repente y te llena de la persona que
no está ya presente físicamente y que,
en cambio, se muestra una y otra vez en ti y para ti.
Ayer
revisando una libreta de hace algunos años, encontré escrita una de estas
señales de las que hablo que me hizo muy feliz Me encontraba en una casa rural
cerca de Arbucies donde había ido sola durante tres días para poder acabar el
libro. Os la reproduzco tal como la
escribí:
“Esta
tarde he ido a caminar y he decidido ir por un camino sin señalizar que he
visto antes desde la Casa rural y que pasa por una casa grande que me ha
parecido bonita. Cuando he ido llegando
he visto que la casa estaba debajo de una arboleda y me ha acercado un poco
para verla. Justo sacar la cabeza y mirarla he oído ladridos de perros y al
acto he visto venir corriendo hacia mi dos perros enormes, mastines del pirineo
blancos. No se veían agresivos y a mí me encantan los perros, pero me han
impresionado por su gran tamaño, la potencia que tenían y el hecho de que no me
conocían de nada, y de repente, del patio de la
casa han empezado a salir mastines por todas partes y todos venían ladrando hacia mí. He saludado con la
mano a los dos primeros procurando que me vieran tranquila, movían su cola contentos, pero todos los demás han llegado
al mismo tiempo y todos querían acercarse para olerme y a punto han estado de
tirarme al suelo con su efusividad y
ganas de estar a mi lado. No lo acababa
de entender: ¿Qué hacían tantos
perros enormes con aquella alegría? ¿Y cómo es que no salía nadie de la casa
para ver qué pasaba?
He
comenzado a regresar al camino y todos han venido conmigo la mar de contentos.
Cuando he llegado arriba he continuado mi camino y les he dicho adiós. Todos
han venido conmigo hasta que, poco a poco, han ido regresando a su casa… Todos
menos uno, muy grande, muy blanco, muy tranquilo y pausado que iba viniendo sin
prisa detrás de mí, a una cierta distancia. He pensado que de un momento a otro
me dejaría, pero no, ha ido continuando. Me he desviado del camino y él seguía
tras de mí. Si yo me detenía, él se detenía, no se acercaba tampoco a mi lado. Cuando yo
avanzaba, el continuaba ceremonioso
detrás… Al final le he dicho: Muchacho,
confío que seas tú quien me guie, porque yo no sé hacia donde voy.”
Ha
pasado delante de mí y yo le he ido siguiendo tranquilamente, deteniéndome
cuando él se detenía y acompañándolo cuando volvía a avanzar. Y así hemos
ido caminando durante un buen rato, para
entonces ya caminábamos el uno al lado del otro, juntos, mi mano sobre su
cuello, sin estresarnos para nada.
-“No
es mágico, mama?” –he escuchado de repente que me decía Ernest.
-Mucho,
cariño, es una pasada.
-“Mama,
este perro te guía como te guio yo. Fíjate, él va delante y tu detrás,
siguiéndolo. No sabes hacia donde te lleva, pero confías en él y lo
sigues, como haces conmigo, que no me
ves pero confías en lo que sientes y me sigues. Sientes que te lleva por un
camino seguro y te relajas. A veces está a tu costado, a veces va delante, a
veces va detrás, a veces va por caminos que tú no quieres pasar aún, pero
continuas confiando. Este guía blanco, enorme, paciente, seguro, potente,
sereno, afectuoso soy yo, y esto es lo que hacemos, mama.”
Me
sentía tan bien, tan feliz de sentir a
Ernest tan claramente y vivir la magia de todo lo que estaba pasando y, sí, al
final hemos ido a parar de nuevo a la
casa pero por la parte opuesta, y todos los demás perros han vuelto corriendo de nuevo a mí
buscando mi contacto. Él ha seguido imperturbable hacia dentro la casa y yo he
vuelto al camino inicial acompañada de todos los demás, y una vez arriba ya no
me han seguido más.
-“Gracias”
–les he dicho de corazón a mis dos guias.
Iba
sin móvil, sin reloj, sin llaves, sin nada encima, solamente yo y mi vivencia,
confiando en mi, y cuando te abres a la vida con otra mirada, abierta, sin
miedo, puedes llegar a sentir que todo te habla y te enseña. Las señales son
esto: confiar en todo lo que te llega, que sientes y vives sin ponerle la
mente.
Dolors Beltran Boixadera
mamaestoyaqui.com

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