EL PODER DE LAS PALABRAS
¿Os
habéis fijado que estamos rodeados de palabras? Están por todas partes y su eco
nos acompaña siempre, incluso cuando cerramos los ojos y estamos en completo silencio. Las palabras nos llenan la
cabeza, las tenemos grabadas en todas partes, en la mente, en el corazón, en
las manos… Las utilizamos continuamente, incluso cuando tenemos la boca
cerrada. Las palabras laten en nosotros.
Las
palabras tienen un gran poder en sí mismas, y aún cuando hay sinónimos que
comparten un significado común, cada palabra tiene su propio color, su propia
música, su aroma, su tacto, ninguna es igual. Hay palabras que acarician, que
abrazan, que capacitan, que hacen crecer alas, que consuelan, que abren el
corazón, que serenan el alma, que crean paisajes increíbles, que te hacen creer
en ti, que te liberan, que te lanzan al futuro.
Así
mismo, hay palabras que hunden, que
cierran, que recortan alas, que incapacitan, que rompen el corazón, que
destrozan el alma, que esclavizan, que te hacen conocer el odio, que aplastan,
que frustran iniciativas, que hacen llorar, que duelen mucho.
Las
palabras que crecen en nuestro interior y explotan al exterior inconscientemente,
sin pensar, sin medida alguna, tienen el
potencial suficiente para poder convertirse en amor o para convertirse en
verdugos, según sea el vestido con el que vienen envueltos. Lo qué fija
realmente su identidad en quién las recibe es la intención y la entonación en
las que son expresadas: una misma palabra puede hacerte crecer como un árbol frondoso
o puede hacerte encoger como un gusano bajo tierra, te puede dar fuerza y vida
o te puede enfermar y anular. La magia de la transformación no la dan las
palabras solas, sino la intención y la entonación en las que son dichas.
Los niños y niñas cuando son pequeños no entienden el significado de la mayoría de las palabras que les contamos, reaccionan a la calidez o a la frialdad que transmiten según sea nuestra entonación, el tono con el que les estamos hablando, la manera cómo los miramos a los ojos, cómo los llevamos cogidos en brazos… Leen nuestro estado de ánimo y sienten en su cuerpo la verdad o la indiferencia de aquello que les estamos diciendo. No comprenden el significado, pero comprenden el amor y también el desamor de aquello que desprendemos más allá de las palabras. Y actúan en consecuencia.
Sí,
las palabras tienen un enorme poder y la
mayoría de las veces no somos conscientes de
ello. Las utilizamos del derecho y del revés sin saber que tenemos una
varita mágica en la garganta que puede hechizar y crear luz, mucha luz a quién va dirigida, o puede
convertirse en una espada cortante y punzante que da lugar a la oscuridad,
mucha oscuridad a quien la recibe.
Hay
personas que encierran las palabras a su propia medida y así se convierten en jueces
para el resto del mundo. Utilizan este tesoro valioso para ensuciar todo
aquello que no les gusta, o no entienden, o no
son capaces de hacer, o de intentar, o de imaginar. Desde la ventana más
alta de su castillo contemplan el mundo por una rendija, adaptada a la medida
de su miedo, y desde este refugio lanzan críticas, juicios y quejas a todos y a
todo. Son los Magos de las Palabras Oscuras.
Hay
personas que intentan contemplar el mundo con una mirada más ancha, más libre,
personas abiertas a aprender continuamente lo que la vida les enseña y les aporta en su día a día, que intentar utilizar
este tesoro valioso de la palabra para amar y respetar todo aquello que, aunque
no les guste y no sepan si serán capaces de lograr, intentan vivir desde otra
perspectiva más alta que los lleva a descubrir, a imaginar y a compartir una nueva manera de ser
y estar en el mundo más limpia, más amable, más gozosa. Desde su nueva realidad
lanzan palabras de amor, de esperanza y trascendencia para volar más allá de lo
nunca imaginado. Son los Magos de las Palabras Luminosas.
Es
preciso tomar conciencia del poder que tienen las palabras que utilizamos para
dirigirnos a los demás y también a nosotras mismas. Escuchémonos y escuchemos
el eco que nos dejan dentro. Seamos cuidadosas, intentemos pensar antes de
hablar y de cuestionar lo que dicen los demás y –una cosa que me enseñó mi
mellizo hace tiempo- si lo que voy a decir no ha de servir para aclarar,
iluminar o dar paz a quien me escucha, mejor callar, mejor el silencio.
Si
vamos a hablar, tengamos claro cómo vamos a utilizar nuestra varita mágica, que sea desde las palabras de los Magos de
Luz. Necesitamos más luminosidad en la Tierra y también en nuestras vidas.
Maria Dolors Beltran Boixadera
dbeltra2@hotmail.com

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