viernes, 9 de enero de 2026

 CONTAR NUESTRA PROPIA HISTORIA

Un día, cuando hacía poco que mi hijo Ernest ya había dejado este mundo físico, caminábamos cerca del Instituto de Tona con Chicho, y me vino el recuerdo de lo que sentimos cuando aún lo estaban construyendo, porque que dos años después Ernest ya iría allí como alumno y sentíamos cosquillas en la barriga de emoción y alegría al pensar que ya sería lo suficientemente  mayor como para estar ahí... Recordaba todo aquel ayer con ilusión hasta que me empezó a llegar una sombra de tristeza. Fue  entonces que, como un relámpago, escuché la voz clara de Ernest dentro de mí diciéndome:

 -“¿Eh que fue bonito, mamá?”

 -Sí, cariño, pero...

-“¿Eh que fue bonito, mamá?” –me preguntó de nuevo la voz de Ernest.

 -Sí, precioso, mucho, pero...

 -“¿Eh que fué bonito, mamá?” –me cortó por tercera vez la voz vibrante de mi hijo... Y entonces me di cuenta: y le respondí:

 -“¡Sí, Ernest, fue muy bonito, gracias, precioso!”.

Fue muy hermoso, y punto.  Me di cuenta de lo que Ernest me estaba haciendo ver con aquella pregunta, me estaba enseñando a quitar el “pero” de mi vida, de mis recuerdos. Sí, hijo, fue  preciosa  nuestra vivencia, fue preciosa  nuestra vida juntos, son preciosos los recuerdos de lo que vivimos, y punto. El “pero” solamente tapa, solamente reduce, solamente pone una sombra a lo que fue, cuando lo que fue estuvo PRECIOSO.

El presente, el ahora que vivo, es el que me hace poner inconscientemente a veces, el “pero” en mi vida, pero eso es solo creación mía. Mi presente, el sendero que debo caminar ahora sin él físicamente aquí, es mi camino, mi responsabilidad, mi tarea. Si me cuesta, si me duele, si lo hubiera querido diferente es cosa mía, no suya. Su vida fue impecable, divertida, llena, creativa, amorosa y feliz. Mi vida con él fue igual, lo que yo veía en él, él lo veías en mi, fue una felicidad increíble y real. Que ahora lo añore es normal, pero nada me da derecho a tapar lo que fue su existencia con nosotros, solamente por mi posible tristeza o dificultad de ahora  para asumir su partida y caminar hacia adelante, esto nunca. El motor de mi vida,  todo  lo que nos ha mostrado y enseñado y nos ha hecho vivir, esto es lo que brilla y brillará siempre en mí.

Las palabras nos traicionan muchas veces. El corazón, nuestro ser divino nos habla de eternidad, de unión, de ausencia de límites para el amor, de continuidad, de reencuentro, de libertad del ser y de la maravilla que reencontramos cuando dejamos los límites de nuestro cuerpo... Por contra, cuando hablamos terrenalmente, muchas veces no reflejamos esta verdad que llevamos dentro y que nos mueve. Nuestras palabras nos sorprenden y nos  traicionan a veces con matices que hablan de separación, de vacío, de final, de desesperanza... Las palabras tienen un gran poder, ya que crean  nuestra realidad, la vibración que llama a la misma vibración. Hemos de ser conscientes de aquello que expresamos:

-¿Cuántas veces nos decimos “NO”, cada día a nosotros mismos y a los demás?

 -¿Qué  creencia dicta nuestras opiniones? ¿Las creencias de miedo o de confianza en la vida?

 -¿Sabemos escuchar sin opinar enseguida sobre lo que nos están diciendo? ¿Escuchar y nada más? ¿Escuchar en silencio sin juzgar nada de lo que estamos oyendo?

 -¿Somos conscientes de que no siempre las palabras que decimos reflejan nuestra verdad?

-¿Cuántas veces callamos o asentimos para no sentirnos la oveja negra entre las blancas? ¿O la blanca entre las negras?

Todas las emociones y las creencias las llevamos en nuestro interior, están en habitaciones separadas, pero una al lado de la otra. En una habitan las que nos conducen a la rabia, al odio, al juicio, a la negación, a la necesidad de buscar culpables afuera, a descargar nuestro peso contra quien sea, normalmente y  paradójicamente, con los que más amamos y nos aman...

En la otra habitación, tenemos las emociones y las creencias que nos hacen bien y nos aportan camino y luz, las que nos conducen a la confianza, a creer en nosotros, a amar, a responsabilizarnos de nuestras acciones y pensamientos, a servir a los demás, a mirar más allá de nuestras limitaciones mentales, a reír y a compartir nuestro  júbilo de vivir.

Tenemos las dos habitaciones en nosotros, muy juntas la una de la otra. Abrir una puerta o abrir la otra nos lleva a vibraciones totalmente diferentes. Podemos ser conscientes de ello y  cultivar la que nos da alas para conectar con el amor y con nuestra esencia, o bien podemos continuar abriendo, inconscientemente y  de forma impulsiva muchas veces, la que nos conecta con el miedo y el juicio permanente. Es una opción nuestra y  no depende de nadie más, solamente de nuestra intención y de nuestra consciencia.

Todas las personas vamos dejando atrás muchas cosas al largo de la vida, muchas son increíblemente importantes para nosotras, tanto, que pensamos que sin ellas no podremos ser ya las mismas personas ni podremos ser nunca  más felices. Y algo  de esta afirmación es  cierta, ya  que cada persona, situación o vivencia que se va, que tenía que ser para “siempre” y no lo ha sido, tiene precisamente  el objetivo de hacernos diferentes, de cambiarnos, de darnos la vuelta para que podamos crear nuevas versiones de nosotros mismas a partir de lo que ahora  ya  no tenemos, pero que hemos tenido el privilegio de vivir, de disfrutar mientras estaba, que nos ha  hecho felices, que nos ha hecho crecer y que deberíamos agradecer para siempre.

¿Qué palabras utilizamos para contar nuestra historia personal de amor? ¿Cómo nos la contamos a nosotros mismos y a los demás? ¿La historia de aquel hijo o hija, la de aquella pareja, la de aquel trabajo, o la de aquel estatus económico que vivíamos y que ahora ya no está en nuestro presente?

¿Somos capaces de encontrar nuevas palabras que salen de nuestro interior para hacerlo?  ¿O nos limitamos a utilizar las que la sociedad ya nos ha dado desde siempre, a pesar que no reflejen nuestra verdad más profunda?

Las palabras que encontramos para definir una  vivencia que se aparta de lo que  la  sociedad nos ha enseñado, por ejemplo, de la muerte, nos puede ayudar mucho a cambiar estas semillas gastadas de nuestra mente, y a crear semillas nuevas que nos acerquen cada vez más a expresar lo que nuestro corazón y  nuestra experiencia de vida siente y está aprendiendo.

Seamos capaces de encontrar aquello que nos ayude a evolucionar y hagamos caso de nuestro sentir y vivir, en todos los aspectos, para poder encontrar nuestra propia y genuina voz y expresarla al mundo con todo el amor que nutre nuestra vida.


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